En medio de las grandes dificultades, se conoce a los grandes hombres, pareciera que en nuestro medio, esos grandes hombres no existieran. Un país con tantos problemas y en más de 50 años no hemos elegido un verdadero líder con la suficiente capacidad para reordenar el camino.
Elegimos políticos con imagen y discursos convincentes, pero incapaces o poco creativos para resolver los problemas de fondo.
Sera problema de las persona, que suponemos tienen esa capacidades o de nosotros los electores, que aún no sabemos diferenciar entre un demagogo y un verdadero líder político.
El gobierno de Álvaro Uribe sentó unas bases que podrían reforzarse, pero dejó una sombra de corrupción por su incapacidad para cuidar dentro del gobierno el servicio transparente, permitiendo que sus escuderos y amigos se aprovecharan de sus posiciones para lucrarse particularmente, presumiendo que el desconocía todas esas actuaciones irregulares.
Juan Manuel Santos, fue elegido por unos votantes convencidos que éste continuaría las acertadas políticas de seguridad y de inversión, iniciadas por el gobierno Uribe, hoy algunos de esos electores consideran que fueron traicionados y lo alcanzado en seguridad ha venido a menos, aunque otros ven con buenos ojos el derrotero en las relaciones internacionales.
Los altos índices de corrupción administrativa, no se deben a un gobierno en particular, es una endémica condición de nuestro pueblo, como lo ha sido la violencia originada en el narcotráfico, la aceptación tácita y manifiesta en ocasiones de que no importa de dónde salga el dinero, siempre y cuando se tenga dinero.
Somos participes pasivo o activos otros, de las desgracias que hoy vivimos. Nuestros hijos merecen un mejor país, mejores oportunidades, pero debemos tomar conciencia de nuestra realidad.
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