Puede sonar
lapidaría, pero resulta razonable y hasta real la frase del filosofo Alemán
Immanuel Kant, “El estado natural de los
hombres no es la paz, sino de guerra; cuando no de guerra abierta, de guerra
que puede estallar en cualquier momento”. Colombia ha sido un Estado en
constante conflicto en distintos momentos de la historia, con cortos intervalos
de tranquilidad que no de paz.
El país se dividió
entre quienes apoyaron un proceso de paz con la guerrilla de las farc y quienes
decidieron por convicción no apoyar un cojo acuerdo donde las concesiones para
los guerrilleros resultaron sapos difíciles de tragar, hoy resulta que quienes
ganaron el plebiscito con el No, tenían razón en algunos de sus temores,
aquellos que fueron llamados guerreristas, enemigos de la paz confirman porque
tanto recelo al acuerdo Habanero.
El incumplimiento
de algunos compromisos por parte de la guerrilla, la sorpresiva o esperada captura
de un cabecilla del partido de las farc por el delito de narcotráfico posterior
a la firma de los acuerdos, así como el
reciente denunciado mal manejo de los recursos del posconflicto, llevan a
pensar en que la paz resulta una utopía, pues las partes a su manera han sido
incapaces de dar cumplimiento a lo
acordado.
Pero la paz no es
la que pactaron el gobierno y las farc, la paz para que no sea una utopía debe
ser un compromiso de cada ciudadano con su actuar cotidiano, empezando por el
respeto a la otredad, reconocer la existencia de un otro a partir de la propia
persona, lo habitual es que la otredad
se construya a partir de la alteridad y la oposición, el otro es aquello que
nunca fuimos, no somos y no seremos. Incluso podría decirse que el otro es lo
que no queremos ser, pero a partir del respeto, del reconocimiento y la
aceptación de las múltiples diferencias
que en ocasiones nos confrontan internamente desde el concepto de moral,
podremos cimentar una conducta individual incluyente y ética, lo que nos
llevaría a la paz interior como fundamento de la paz social.
Más allá de lo que
pase con la política, quien se erija como presidente, quienes estén en el
congreso, si las farc sigue
delinquiendo, o si el gobierno le sigue incumpliendo a los más necesitados, la
fortaleza de la nación han de ser sus ciudadanos que se reconocen como tales,
como miembros activos de la nación, ciudadanos responsables como individuos,
con valores y principios, convencidos que son sus propias acciones frente a sí
y frente al otro la génesis de una verdadera paz estable y duradera.
Puede aceptarse la
frase del filosofo en el sentido de que el hombre esta condenado a vivir en
guerra o se puede invertir la misma para afirmar que el estado natural del
hombre es la paz y no la guerra, para lo
cual se deberá controlar el instinto violento, superar el estado natural para
reconocernos en la civilidad, esa al parecer resulta la tarea más difícil que
se tiene en el país del sin sentido.